Sí, acertaste misterioso lector: el título de este blog está inspirado en aquel tan sugerente con que Henry Miller bautizó su bitácora de lecturas. Los libros en mi vida ha sido uno de los libros más importantes que hayan caído en mis manos. Pequeño aleph que me ha permitido entrar en contacto con otros autores y por ende otros espacios verbales y ha sido esta obra la que llegó a mis manos con toda naturalidad hace cinco años y a mi mente la semana pasada cuando a la hora de llenar el formulario de registro para el blog, el sistema me pidió un nombre para éste.
Cómo se dió mi acercamiento con los libros, no lo recuerdo. Lo que sí puedo precisar es que guardo recuerdos más vívidos del placer que ciertas lecturas me causaron que de los propios guardianes de las narraciones, los libros. En mi infancia nunca tuve a mi disposición algo que se pareciera a una biblioteca (a la biblioteca pública nadie iba); sin embargo, sin saberlo la añoraba. Una tarde hacia el final del tercer grado de instrucción primaria, un compañero de clases y yo explorábamos la casi desierta escuela vespertina (dentro de poco desaparecería; el siguiente curso tendríamos que tomarlo en el turno de la mañana). Nuestros pasos nos llevaron a un edificio cuyo mobiliario estaba siendo removido; la puerta estaba abierta y ningún mayor a la vista, así que, niños al fin, decidimos explorar. La primer estancia ya estaba casi desierta de muebles, vimos entonces que ésta tenía al fondo otra puerta: estaba entreabierta. No se escuchaba que hubiera nadie en su interior, de todos modos nos acercamos con precaución. Terminamos de abrir la puerta y vimos un escritorio de madera, la foto del presidente atrás, un archivero que tenía los cajones abiertos, algunos papeles regados por el suelo. Lo que llamó poderosamente mi atención y aún recuerdo lo hipnotizado que quedé fue el gran librero de madera que se encontraba frente al escritorio (al futuro ex-director de la escuela le gustaba tener los libros frente a sí, nada más levantar el rostro). A pesar de las dos décadas que median desde ese tiempo a la fecha, aún puedo recordar que estiré mi mano para coger un libro de la estantería y mi miedoso amigo (de que nos hallarán o de que lo cambiara por un libro) gritó apresurado que alguien venía y que mejor nos retiráramos de inmediato o tendríamos problemas por entrar en la oficina del director sin permiso. Fue mi primer contacto con algo que se podía llamar una auténtica colección de libros.
Una forma de castigo que mi madre había encontrado instructiva era que debía leer la biblia; ningún libro en especial sólo abrirla y leerla. De esta manera pude maravillarme con las historias de los jueces, de Sansón y Dalila, la valentìa de Judith, presenciar el ascenso de un rey con David y el nacimiento del mayor de todos con Jesús; con esa libertad, pude también entrever que la palabra acostarse tenía otros significados subyacentes que por el momento me estaban velados, pero que empezaba a sospechar. El dichoso contexto. Cómo era posible que las hijas de Loth se acostaran junto a su padre y por esa simple acción quedaran en cinta.
En la preparatoria (CBTIS) conocí a Martín; venía del Distrito Federal; el chofer del autobús escolar le hacía burla diciéndole que si aún perseguía los mofles de los coches para no extrañar México. Le gustaba leer; casi me obligaba a leer un libro para tener algo que contarle acerca del mismo. Le agradezco esto, pues yo venía de una secundaria donde no había biblioteca y no se promovía el gusto por la lectura. Afortunadamente en la prepa, podíamos llevarnos un libro a casa y conservarlo por espacio de una semana; si nadie lo pedía entre tanto, podíamos renovar el préstamo.
La universidad. Reynosa. Significó dejar San Miguel de las Cuevas y mudarme al municipio vecino para emprender la carrera de Contabilidad. Estos cuatro años fueron de leer mucha literatura de negocios y poca de humanidades. Al terminar la carrera me encontré muy relajado para mi costumbre (pues toda la carrera estuve trabajando medio tiempo) y al pasar una mañana por la Casa de la Cultura de Reynosa ví que invitaban para los próximos talleres artísticos que iniciarían en Septiembre, vi el de literatura y me inscribí para tomarlo con el profesor Rommel Orozco; a medida que avanzaba el taller me di cuenta que aquello realmente me gustaba; moldear las palabras ponerlas en un cierto orden y al final tener un producto terminado como podia ser un cuento era algo maravilloso.
Así fue como una lectura obligatoria de la biblia muy posiblemente provocó un posterior acercamiento a la escritura.
Mi muy sincero agradecimiento a mi madre por imponerme un castigo maravilloso, a Henry Miller por su sinceridad y a Random House por este espacio que nos proveé.
En algún lugar de México a Julio de 2010
